25 de febrero de 2018

El entierro de un obrero. Fragmento de "La horda", de Blasco Ibáñez

¿Han cambiado realmente las cosas desde principios del siglo XX, cuando uno de los mejores escritores de España nos describía en su obra "sobre el proletariado madrileño" (así lo proclamaban las portadas), que titularía La horda?

Las afueras de Madrid, a principios del siglo XX
En realidad, los protagonistas de la novela de Blasco Ibáñez eran, más bien, parte del  lumpenproletariado, aquellos que ni siquiera tienen su fuerza de trabajo para vender, es decir, no participan del proceso productivo y, por supuesto, tampoco tienen conciencia de clase. Es decir, la retahila de obreros ocasionales, traperos, prostitutas, delincuentes y gentes sin oficio ni beneficio, que vivían de los despojos, de lo que podían robar o de lo que encontraban en su diaria mendicidad, lo que en la época se denominaba "La busca", y que suponen un enorme ejército de reserva que, como describía Marx, dependía de la burguesía, de cuyos deshechos, limosnas y ventura sobrevivían, que no duda en utilizarlos para frenar las racionales y humanas aspiraciones de la clase trabajadora.

Sin embargo, el lumpenproletariado, surgido de la creciente miseria generada por el desarrollo del capitalismo, es también, como la propia clase obrera, producto de la barbarie económica que representa el sistema, que mientras multiplica la riqueza para unos cuantos hace lo propio con la pobreza de la mayoría. Por ello, en realidad el límite entre ambos, lumpen y obreros, es sutil y frágil, y el paso de uno de los lados al otro es continuo.

De este modo, también en La horda está presente la miseria de los trabajadores madrileños, que luchan cada día por sobrevivir bajo la violencia de la clase capitalista emergente, sin apenas derechos, con salarios miserables y jugándose la vida para llenar los bolsillos de los parásitos a los que les importan poco sus accidentes laborales, sus penurias o incluso su muerte, mientras su sangre siga llenando sus barrigas criminales.

"—¡Ladrones! ¡ladrones!... Matan a los trabajadores para hacerse ricos... Sólo les importa el negocio, y los pobres que mueran como perros".

Las cosas no han cambiado mucho, especialmente ahora, en estas últimas tres décadas, en las que tras la desaparición de la Unión Soviética la clase capitalista no ve ya necesidad de seguir atrayéndose a los trabajadores con mejores salarios o derechos sociales. Por ello, manifestaciones como las que describe Blasco Ibáñez en el Madrid de 1905, cuando la clase obrera empezaba a hacer esfuerzos incipientes de organización, siguen teniendo los mismos ingredientes hoy: la violencia de la clase dirigente dispuesta y predispuesta a parar a los obreros organizados como sea, los policías, felices de ser los perros del amo, ansiosos por aplicarla y "los secretas" infiltrados en la manifestación para provocar la estampida y justificar la acción policial. En realidad, la gran diferencia es que en la actualidad la organización de la clase trabajadora, la que debería tener después de tantos años una conciencia de clase muy desarrollada, es de nuevo rudimentaria, habiendo conseguido el capital su principal triunfo: la desorganización de la clase trabajadora y la hegemonía de la ideología capitalista entre los explotados.

Por último, otra gran diferencia, esencial, que define claramente el nivel de conciencia de clase que tenían en su fase inicial los trabajadores madrileños y el que apenas existe entre los del siglo XXI, especialmente en el "acomodado" Occidente, es el reconocimiento de que la violencia de los opresores de la clase capitalista, sólo puede combatirse con la violencia: la necesidad de las armas.

"—¡Fusiles!—rugían mirándose unos a otros, como si pudieran proporcionárselos—. ¡Ay, si tuviéramos fusiles!..."

Un trapero madrileño
Esa indudable realidad, que la clase dominante ha conseguido extirpar de los adocenados trabajadores contemporáneos, que Lenin recordaba cuando decía aquello de que la única democracia posible es la garantizada por un arma en el hombro de cada obrero, o que volvía a subrayar Mao con su axioma de que el poder nace del fusil y, por lo tanto, la toma del poder solo puede hacerse a balazos, ha sido extirpada de la ideología de la clase obrera a la par que la propia dignidad de pertenecer a ella.

Mientras tanto, el protagonista de la historia, Isidro Maltrana, nacido en el lumpen pero con una madre que entra a formar parte de la clase trabajadora, y que vivió la ilusión de convertirse en burgués tras haber sido prácticamente adoptado por una anciana aristócrata que le educa y le ayuda a convertirse en un "intelectual", se siente, en medio de la pelea entre fuerzas del orden y trabajadores, esa "protesta contra la rapiña de los poderosos", más lumpen que obrero,  y que se tragó el anzuelo de la ilusión del ascenso social, soñando un día con llegar a ser burgués, hundido de  nuevo en sus orígenes, empobrecido, sin saber vender una fuerza de trabajo que ni siquiera cree  tener, vive "nutrido de griego y de latín pero muerto de hambre".  Se puede decir, para finalizar, que esa aspiración de ser burgués es un anzuelo tendido a los desclasados miembros de la clase trabajadora para conseguir organizarla y que, como en los tiempos de Maltrana, salvo en las excepciones permitidas para confirmar la regla, no ha dejado de ser nunca más que una estafa.

En La horda, escrita por Blasco en 1905 durante su estancia en Madrid como diputado republicano, con un realismo crudo y lacerante, se describe la escena de una manifestación  de trabajadores tras la muerte en accidente de trabajo de un albañil, a la sazón padrastro del protagonista. La indignación de los obreros, y el desprecio de los explotadores hacia ellos, que necesita de la enzima policial para diluir su encarnación en una peligrosa revuelta violenta contra los que les condenan a la miseria, a las penurias cotidianas y a la muerte, acaba siendo un quiero y no puedo que, sin embargo, tomará forma pocos años después en la Revolución Soviética, que extenderá por todo el mundo la perniciosa idea para los que viven del trabajo ajeno, los depredadores de carne humana, sanguijuelas del capital, y todos sus granujas rapiñeros, de que es posible acabar con la pobreza y la explotación y, de paso, con los criminales que la provocan.

****

"Una noche, al pasar por la Puerta del Sol, fijáronse los dos en los gritos de los vendedores de periódicos. Pregonaban «la horrible catástrofe» ocurrida aquella mañana, con incalculable número de muertos y heridos.

Isidro había permanecido en casa todo el día, ocupado en escribir unas cuartillas, a diez céntimos, para aquel semanario social que reclamaba su colaboración con la misma intermitencia con que publicaba sus números. Feli sintiose atraída por el suceso, con esa curiosidad que despierta lo terrorífico en la imaginación femenil.


Típico barrio del extrarradio madrileño en la época de La Horda
Compraron el periódico, y Maltrana leyó a la luz de un farol el sumario, en letras grandes, que encabezaba el relato del suceso. Habíase hundido en las primeras horas de la mañana aquel edificio en el que trabajaba el señor José. Instantáneamente tuvo Maltrana el presentimiento de la desgracia. Antes de leer, estaba seguro de que su padrastro había perecido entre las ruinas de aquella obra escandalosa, inaudita, hasta el punto de trastornar sus ideas de hombre autoritario y hacerle perder la fe en la perfección del orden social. Buscó en el papel los nombres de las víctimas. Eran muchos los heridos que agonizaban en los hospitales. Entre los escombros sólo se había recogido un cadáver, el del único obrero muerto instantáneamente, y éste era el señor José. Su nombre y su domicilio estaban indicados con una precisión que no permitía dudas.

Maltrana experimentó una dolorosa sorpresa. Recordó a su madre; pensó en el agradecimiento que sentía la Isidra por las bondades de su compañero. ¡Pobre señor José! Tal vez esperaba la muerte como una liberación, aquella muerte cuya proximidad adivinaba al trabajar en el escandaloso edificio objeto de sus cóleras. Morir era una solución para aquel hombre sencillo, que se indignaba contra un mundo apartado de los sanos principios y contra la mala suerte que convertía en aprendices del crimen a los hijos de los servidores de la ley.

Al día siguiente era el entierro. Todos los albañiles de Madrid proponíanse aprovechar las horas del descanso de mediodía para asistir a él, dándole la significación de una protesta contra las rapiñas de los poderosos.

Isidro quiso también acompañar el cadáver hasta el cementerio. Era todo lo que podía hacer por su padrastro.

A la mañana siguiente, salió por la Puerta de Toledo poco antes de mediodía. Al llegar al puente, torció a la izquierda, dirigiéndose al depósito de cadáveres, en la orilla del río. Los ardores del sol caldeaban las charcas del Manzanares, llenas de la inmundicia de las alcantarillas que desaguan en él. Un hedor de letrina en ebullición envenenaba la densa atmósfera de verano.

Los alrededores del depósito estaban ocupados por grupos de hombres con blusas blancas, de mujeres con los brazos arremangados, que acababan de salir de los lavaderos.

Todos comentaban la catástrofe con gritos de cólera y maldiciones. Las mujeres eran las más audaces y ruidosas. Miraban hacia Madrid levantando los brazos con expresión amenazadora.

—¡Ladrones! ¡ladrones!... Matan a los trabajadores para hacerse ricos... Sólo les importa el negocio, y los pobres que mueran como perros.


Manifestación obrera en Madrid. La foto es de 1916
Después encarábanse con los hombres que iban llegando, albañiles casi todos, que llevaban pendiente del cuello el saquito de la comida. Los insultaban con groseras palabras. ¡Calzonazos! Se quedarían después de esto tranquilos como siempre, esperando que llegase la hora de perecer en otra catástrofe. ¡Ah, si ellas llevasen pantalones! ¡Si las dejasen intervenir en los asuntos de los hombres!... Otra cosa sería.

Y los albañiles contestaban con un gesto de desaliento. ¿Qué iban a hacer? No tenían armas; estaban cansados de que les pegasen a la menor protesta en la calle.

-¡Armas! ¡armas!...—exclamaban irónicamente algunos compañeros de ojos exaltados—. ¿Y para qué las queréis? Eso no sirve de nada. ¡Dinamita, me caso con Dios! ¡Bombas de dinamita!

Maltrana entró en el depósito abriéndose paso en la masa de blusas, y vio el cadáver del señor José sobre una mesa de mármol, dentro de un modesto ataúd que habían costeado los del oficio.

Según dijeron al joven, tenía rota la espina dorsal, quebrado su esqueleto por varias partes. La cara mostrábase intacta, contraída por un gesto de inmenso dolor. Isidro sólo pudo ver uno de sus ojos, desmesuradamente abierto, que parecía fijar en él la vidriosa pupila. Creyó leer en este globo mate, de fúnebre vaguedad, el último pensamiento de la víctima, la maldición que pasó como un relámpago por su cerebro al dejar de existir. Indudablemente, había muerto abominando de las veneraciones de toda su vida. Leíase en la contracción de su rostro: había quedado impreso en aquella mueca que parecía una protesta. De poder reanimarse el cadáver, de seguro que gritaría algo subversivo contra la sociedad injusta, contra los hombres crueles, pidiendo destrucción y venganza, para tenderse de nuevo en el féretro tras esta póstuma confesión del engaño de su vida.

Cerca del ataúd hablaban algunos de sus compañeros de trabajo. Ya no le llamarían «borrego». Amaba más a los explotadores que a sus camaradas de miseria. La desgracia, siempre ciega, había visto claro esta vez al castigarle por medio de la codicia de aquellos a quienes él defendía. ¡Pobrecillo! De todos modos, era uno de los suyos: una víctima más, por la que había que protestar.

Maltrana dejó de ver al señor José. Los compañeros clavaron la caja, cubriéndola con la bandera roja de la asociación.

El féretro comenzó a romper el oleaje del gentío, llevado en hombros por un grupo de albañiles. Cuando Isidro salió del depósito, siguiendo la roja tela, vio la orilla del río, el puente y la glorieta de Toledo cubiertos de blusas blancas, de sombreros y gorras que se elevaban, dejando las cabezas al descubierto al paso del ataúd.

En la glorieta del puente de Toledo, entre las dos pirámides de piedra que descansan en su pedestal sobre los boliches dorados, como dos gigantescas mesillas de noche, vio una masa obscura con puntos brillantes: una fila compacta de hombres negros. Era la policía cerrando el paso.


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El entierro avanzó sin titubear. Las mujeres vociferaban en torno del féretro, iracundas, llorosas, como si el rudo sol del verano mordiese con agresiva demencia sus cabezas despeinadas.

—¡Ladrones! ¡ladrones! ¡A Madrid! ¡A arrastrar a los asesinos!...

Otras señalaban el féretro con trágicos ademanes de plañidera. No conocían al señor José, pero gritaban roncas de emoción:

—Ahí va la honra del mundo; un trabajador bueno; un hombre de blusa. ¡Pobrecillo! ¡Y los que le han matado, guardándose los duros, comiéndose las buenas tajás!...

La cabeza del cortejo chocó con el obstáculo de la policía. Un capitán habló a los manifestantes. Podían seguir por el paseo de las Acacias, dar la vuelta a Madrid por las rondas, sin molestar a nadie. Estas eran las órdenes que había recibido. Nada de entrar en la población, de atravesar el centro, buscando la calle de Alcalá. El estaba allí, en el paseo de los Ocho Hilos, para cerrarles el paso y que no ganasen la puerta de Toledo. Todo lo que quisieran, gritos, lloros, aclamaciones, todo, menos desfilar por las calles de Madrid y que la gente del centro presenciase el entierro, con su séquito de jornaleros que pedían venganza.

Sobre la masa de cabezas se alzó, como contestación, un largo palo, y en su punta un guiñapo negro que parecía una mortaja. Era la bandera de cólera y dolor, improvisada por un grupo de muchachos.

Las mujeres protestaban vociferando de las órdenes de la policía.

—Eso es: debemos marchar por las rondas, como los ganados que van de paso... Los pobres a la cuadra. Por las calles de Madrid no puen pasar otros entierros que los de los señores que mueren de hartazgo o malos vicios. Son para los otomóviles y los carruajes con tronco. Nosotros, por la ronda... porque olemos mal... ¡Mueran los ladrones! ¡Que los arrastren! ¡A Madrid! ¡a Madrid!

Y las mujeres eran las primeras en avanzar, en agarrarse a las puntas del féretro, empujando a los portadores para que rompiesen las filas de la fuerza pública.

Retrocedían los polizontes sin dejar de hacer frente al formidable empellón, al mismo tiempo que, por la fuerza de la costumbre, llevaban la mano al sable y comenzaban a extraerlo de la vaina antes de que lo mandase el jefe. Muchos de ellos parecían quejarse con los ojos de la pérdida de tiempo que suponían los diálogos del capitán con los manifestantes. ¿Qué hacían que no pegaban? Ellos habían venido para eso.

Isidro no supo cómo se inició el choque. Vio de pronto arremolinarse la gente delante del féretro; sonaron gritos, golpes secos semejantes a los de la ropa sacudida. Sobre las cabezas del gentío brillaron al sol, como cintas blancas, los pesados asadores esgrimidos de filo.

Se abrió la muchedumbre, escapando en distintas direcciones. En un instante se formó ese vacío trágico que se extiende entre los que huyen y los que pegan, viéndose en el suelo gorras abandonadas y el negro bulto de un hombre caído intentando incorporarse sobre las manos, con la frente roja.

Las mujeres eran las que menos corrían. Algunas deteníanse con los brazos en jarras, soltando por la boca todas las injurias de su exaltada imaginación.

—¡Cobardes! ¡Cabritos!...

Como si conociesen la historia y la familia de cada uno de los guardias, les echaban en cara su envilecimiento. Ellos allí, pegando a los pobres trabajadores, y mientras tanto sus mujeres acudiendo a las citas... Y tras este desahogo, corrían otra vez al ver que se acercaban con el sable levantado.

Más aún que los sablazos, irritaron a la manifestación los palos de ciertos hombres sin uniforme que iban en el entierro escuchando lo que se hablaba en los grupos, y que, al sonar los primeros golpes, habían enarbolado el vergajo, apaleando en derredor suyo. La muchedumbre bramaba contra los canallas de «la secreta».

Un grupo de mozuelos apostados en los solares inmediatos hacía frente a los acometedores, con la arrogancia de la juventud. Eran los valientes que surgen en toda revuelta, los héroes de la calle, que son cantados por la más alta poesía cuando triunfa una revolución, o van a la cárcel con los rateros cuando intervienen en un motín.

—¡Fusiles!—rugían mirándose unos a otros, como si pudieran proporcionárselos—. ¡Ay, si tuviéramos fusiles!...

Y había en su gesto una expresión heroica, la resolución de morir matando, de perseguir a los enemigos hasta el centro de Madrid. A falta de armas, recogían del suelo las piedras, los cascotes, los pedazos de lata, los zapatos viejos, arrojando una lluvia de proyectiles sobre la policía. Esta, habituada al impune apaleo de la muchedumbre sin armas, permanecía indecisa, titubeando con cierta inquietud ante un enemigo resuelto, que, no contento con atacar, avanzaba audazmente.

Sonó algo semejante a un chasquido de tralla. El capitán acababa de hacer fuego con su revólver.

—¡Fuego, me caso con la hostia! ¡Fuego!

Los polizontes disparaban sus revólveres avanzando con paso de héroes, eligiendo sus blancos en aquellas espaldas que huían por todos lados.

Maltrana pensó en el señor José. Su entierro era digno de las creencias de su vida. Nada faltaba en él: palo a la canalla, fuego a discreción, con gran voluptuosidad de los defensores de la ley, que podían escoger sus víctimas impunemente.

El joven no quiso huir: se quedó junto al féretro, presintiendo que allí sería mayor su seguridad. Además, era el único pariente del muerto que iba en el cortejo, y no debía abandonarle.


Casa obrera del centro de Madrid. Típica "corrala"
Los portadores del ataúd, al recibir los primeros golpes, lo dejaron caer al suelo, huyendo veloces. El paño rojo desapareció en la fuga. Otros obreros intentaron apoderarse del féretro y levantarlo, pero fueron repelidos por los sables. Aquella caja negra era una bandera de rebelión, en torno de la cual podía organizarse otra vez la revuelta. En los vaivenes de la muchedumbre en fuga, estuvo el ataúd próximo a rodar, soltando sobre el polvo del camino el cadáver que encerraba.

Isidro se sentó sobre la fúnebre caja, temiendo una nueva profanación, y se replegó aturdido y temeroso por el estrépito de los tiros. Un hombre de blusa vino también a sentarse en el féretro, como si éste fuese un lugar de asilo.

Oyó Maltrana un lamento y vio la blusa blanca, manchada de sangre, balancearse y caer al suelo. Después brilló sobre su cabeza el relámpago de un sable, y el joven se encogió aún más para evitar el golpe. Pero nadie le tocó. Pasaron algunos segundos que le parecieron de interminable duración, sin que su cuerpo sufriese ningún choque. Creyó oír una voz, la de algunos de aquellos fantasmas negros que, sable en mano o disparando tiros, pasaban ante sus ojos espantados que todo lo veían envuelto en densa niebla.

—Déjale: ¿no ves que es un señorito?...

Por primera vez en su vida se dio cuenta de las ventajas y privilegios de aquel traje que era para él un uniforme de miseria.

Sufría privaciones; el hambre rondaba en torno de él señalándolo como uno de sus siervos; pero pertenecía, por su aspecto y sus costumbres, a la raza de los felices. Era un señorito. Estaba por encima de aquellas gentes que conquistaban el pan con más frecuencia que él, pero sentían la caricia del palo apenas intentaban pedir, como añadidura al mendrugo, un poco de justicia y de piedad para su vida".

23 de febrero de 2018

Jarama (cortometraje homenaje a la famosa batalla que paró los pies a los fascistas a las puertas de Madrid)

Jarama es un cortometraje dirigido por Alberto Pla, guitarrista del grupo BOIKOT, ubicado en un momento de la famosa batalla que paró los pies al fascismo a las puertas de Madrid. Los protagonistas, un músico y soldado republicano, un escritor y Brigadista irlandés llamado Charles Donnelly, y otros representantes de los miles de héroes que dieron su vida u ofrecieron su juventud para defender la democracia y la libertad contra el fascismo y el capitalismo.

Juanan es un trompetista madrileño que está luchando por la II República en medio de la Batalla del Jarama, junto a los camaradas de las Brigadas Internacionales. Cuando está a punto de morir, puede ver el futuro y comprobar que aunque los hombres mueren las ideas justas perviven para siempre.

Este mes de febrero se cumplen 81 años de la batalla del Jarama. que se desarrolló entre el 6 y el 27 de febrero de 1937. La ofensiva la inició el ejército fascista con la intención de cortar las comunicaciones de Madrid. El diseño de la operación inicial era una acción de gran envergadura por el este de Madrid, que incluía la toma de Arganda del Rey, cortando las comunicaciones hacia Valencia y subir hasta Alcalá de Henares para alcanzar la carretera de Barcelona, a lo largo de la orilla derecha del rio Jarama. Las unidades republicanas, dispersas en el inicio de la ofensiva, se agruparon al mando del general José Miaja el 15 de febrero, conformando en total cuatro Divisiones o Agrupaciones que consiguen evitar el avance hacia Arganda. El ejército republicano contó entre los combatientes con las Brigadas Internacionales, recién llegadas a España y formadas por comunistas de decenas de países, en concreto las brigadas XI, XII, XIV y XV, que combatieron entre el Jarama y Morata de Tajuña.

La defensa republicana hizo fracasar los planes de los militares golpistas para cercar Madrid, y obligó al General Franco a aceptar la derrota de sus planes iniciales de guerra relámpago. La batalla del Jarama hizo honor al famoso lema de !No pasarán! que los milicianos y madrileños ya habían dado a conocer a todo el mundo en la Batalla de Madrid, y fue el bautizo de fuego para miles de brigadistas llegados de todos los rincones del mundo con el objetivo de parar a Hitler, Mussolini y Franco y derrotar al fascismo internacional.

El guitarrista de Boikot ha rodado ese cortometraje con el mismo título que uno de sus últimos temas . El video oficial está rodado en Irlanda, durante una visita de los miembros del grupo a las tumbas de los brigadistas irlandeses caídos en España en lucha contra la barbarie. A continuación podéis ver tanto el corto como el video de su canción, ambos con el mismo título: "Jarama", en homenaje a todos los que lucharon contra el fascismo y por la República.


La España desajustada

En España se mete en la cárcel a cantantes, se secuestran libros, se cierran periódicos, se tortura, se convierte en terroristas a manifestantes y se censuran las obras de arte. Esto último, precisamente, es lo que ha sucedido con una obra de Santiago Sierra en la Feria de Arte Contemporáneo de Madrid (Arco), censurada por referirse a varios presos políticos como"presos políticos".

Imagini pentru santiago sierra censura
La obra censurada a Santiago Sierra en Arco, "Presos políticos en la España
Contemporánea".
Es connatural al régimen borbónico pretender amordazar o amortajar las expresiones culturales incómodas, siendo como es directo sucesor de aquel otro que deseaba la muerte de los intelectuales y de la vida toda -¡Viva la muerte!, rebuznaba Millán-Astray, que viene a ser "muera la vida", como bien le tradujo Miguel de Unamuno-. A diferencia de éste, sin embargo, los "intelectuales" de hoy, ahítos de las prebendas y mercedes del poder, callan y miran para otro lado, ¡zorroclocos! Su silencio aquiescente es la tinta grasienta con que emborrona el poder sus censuras y eufemismos. Frente a ellos, contra ellos, los versos del gran poeta comunista Gabriel Celaya:

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.


Un tal Fernando Benzo, alto burócrata, censor de vuelo rasante, afirma lo siguiente:

"No he visto la obra, pero sé que era una obra que llevaba por título "Presos políticos", pero que aparezcan en ella personas que no son presos políticos, hace pensar que, quizá, conceptualmente, no estaba bien ajustada la obra. En España no hay presos políticos".

Imagini pentru valtonyc libertad
Lo que quiere este inquisidor enmascarado de demócrata es que el arte se "ajuste", es decir, se ponga firme, a las órdenes del poder, de los que mandan, negando así la esencia del arte mismo, que es, por definición, apartarse de los caminos marcados: "arte herramienta" ha de ser -parafraseando de nuevo a Celaya- para cambiar el mundo. Y sin embargo, la censura contra la obra de Santiago Sierra ha conseguido dar alas a su crítica, corroborando con creces que en España hay cientos de presos políticos: anarquistas, comunistas, independentistas...

Como no podía ser de otro modo en esta España "demotrágica" -en el decir de José Bergamín-, a la mafia política del PP se ha sumado la mafia política del PSOE. Margarita Robles, ex jueza -ex jueza política, entiéndase- ha aplaudido la decisión censora con el peregrino argumento de que "todo lo que ayude a bajar la tensión hay que valorarlo positivamente". ¿Tensión? ¿Qué tensión? ¿La creada, quizá, por la complicidad de la mafia del PSOE con el gobierno mafioso del PP para impedir salvajemente que los catalanes votarán el 1-O?... Censura para el artista que se sale del redil cultural y tribunales políticos para quienes, higiénica y democráticamente, pretenden abandonar el chiringuito del 78. 

Por último, como homenaje a otros artistas perseguidos y criminalizados por la injusticia político burguesa española, como Valtonyc, Hásel, o La insurgencia, condenados por cantar y denunciar los delitos de las mafias en el poder, terminamos esta entrada con un intento de rap, dedicado a todos aquellos que luchan de una forma u otra contra el régimen del 78 y la impunidad de los criminales franquistas y sus herederos:

En España se tortura
Y se censura.
Es la España más oscura,
la de los colegios de curas.

Desde el gobierno, Benzo,
-"¡Viva la muerte!"-
Nos quiere mastuerzos,
Pero nos tiene enfrente.

Ya no hay Franco
Pero hay perros con el mismo collar:
Por mucho que ladren
No nos harán callar.

Y aunque todo lo dejaron
atado y bien atado
es la España demotrágica
lo desajustado.

22 de febrero de 2018

Mujer con camiseta deportiva (Alexander Samokhvalov): el arte soviético representa la liberación de la mujer


Chica en camiseta deportiva  (1932) es una representativa obra del arte soviético anterior a la  Segunda Guerra Mundial, en el que su autor, Alexander Samokhvalov, representa la liberación de la mujer soviética en el Socialismo. 

Mientras en las dictaduras del capital (con formato democrático o no) las mujeres seguían relegadas a la cocina o al salón de la casa, sin derechos y condenadas a estar al servicio del hombre, en la URSS las mujeres ya se habían integrado al mercado laboral, participaban de igual a igual en el ejército, los soviets y, sobre todo, en la construcción revolucionaria del socialismo.

El cuadro ganó una medalla de oro en la Feria Mundial de París en 1937. Alexander Samokhvalov recordó sobre ello: "Fue una alegría especial pintar imágenes de mis contemporáneos en aquellos años". La pintura fue aclamada por colegas artistas y críticos por igual, mientras que la heroína fue aclamada como una "Mona Lisa Soviética" en la Exposición Universal.

El artista representa a Yevgenia Adamova, una maestra y activista que conservó su frescura y vitalidad durante toda su vida. Ella es una ciudadana soviética típica de la década de 1930: espontánea, entusiasta, activa, protagonista de su propia vida y de sus decisiones individuales y en los intereses colectivos.

Los visitantes y expertos de la época quedaron impresionados con la representación, viendo, boquiabiertos, como Adamova vestía camisetas deportivas reservadas en el resto del mundo a los hombres y representaba a una mujer verdaderamente igual al hombre por su carácter de trabajadora activa en la producción de riqueza, en la lucha de clases y, por supuesto, también en el ocio y la cultura que la democracia socialista-dictadura del proletariado creaba para la clase obrera.

20 de febrero de 2018

¿Qué pasa con España?, del brigadista internacional británico Lon Elliott (traducción completa)

Con profunda gratitud hacia los miles de hombres y mujeres de todo el mundo que, agrupados en las Brigadas Internacionales, dieron lo mejor de sí para tratar de evitar que España cayera en las garras del nazifascismo, os presentamos la traducción de ¿Qué pasa con España?, opúsculo escrito entre 1945 y 1946 por el brigadista británico Lon Elliott.

Elliott (1911-1983) fue un librero inglés que, como tantos otros miles de comunistas, no dudó en arriesgar su vida en defensa de la República española. Entre sus hechos de armas en la Guerra Civil se cuenta su participación en las batallas del Jarama y Brunete. Tras el triunfo del fascismo en España, Elliott siguió siendo un activo militante por la democracia en nuestro país. Como miembro de la International Brigade Association, escribió diversos artículos y panfletos de denuncia del régimen terrorista de Franco, abogando por una acción conjunta de la comunidad internacional que permitiese acabar con él, ya que, como bien señala, “el terror en España no desaparecerá hasta que el fascismo no sea derrotado”.

En ¿Qué pasa con España? se subraya el íntimo vínculo de clase, genético, cabría decir, entre el franquismo y el nacionalsocialismo alemán:

“Los grandes terratenientes españoles apoyaron al fascismo del mismo modo que los Thyssen y Krupp respaldaron a Hitler. Los latifundistas contaron con la eficaz colaboración de los cabecillas del Ejército, de la alta jerarquía de la Iglesia Católica y de muchos financieros e industriales”.

Y como en la Alemania nazi, en la España de finales de los años 30, el presupuesto esencial del programa político de las clases dominantes burguesa y semifeudal era la más amplia aniquilación física de toda forma de oposición progresiva. Las palabras del capitoste fascista Emilio Mola no dejan lugar a dudas:

“Si hay diez millones de republicanos en España que se oponen al régimen de Franco, Franco exterminará hasta el último de ellos tras su victoria”.

Recién concluida la II Guerra Mundial, el final de la barbarie franquista pasaba, para Elliott, por perseverar en la misma estrategia que permitió la liquidación de Hitler, es decir, apoyo “incondicional” a la oposición democrática española, en especial a la resistencia guerrillera en el interior del país, así como al gobierno republicano en el exilio, y unidad de los aliados contra Franco, que debía materializarse en la ruptura de las relaciones diplomáticas y el bloqueo económico. Dicho planteamiento da pie a Elliott para rendir homenaje a los guerrilleros antifascistas que, pistola en mano, seguían defendiendo la democracia y el socialismo, ahora desde la clandestinidad, al igual que para denunciar la salvaje represión en los campos de concentración y en las cárceles franquistas. En el plano internacional, no obstante, Elliott detecta ya los primeros signos de complacencia hacia Franco por parte de los gobiernos capitalistas occidentales y advierte, lúcidamente, de que

No sería nada de extrañar que algunas empresas que han estado haciendo lucrativos negocios en España –donde, gracias al fascismo, los costes laborales son muy bajos– terminen diciendo: ¡A Franco ni tocarlo, que nuestro dinero está invertido allí!”. Una política exterior democrática no debería prestar oídos a estos exponentes de la libre empresa”, sino que establecería un bloqueo económico contra Franco y la Falange”.
   
El capítulo más extraordinario, quizá, de ¿Qué pasa con España? es el que lleva por título “Intrigas en tierra de nadie”. El lector actual quedará sorprendido, incluso confuso, al toparse en unas páginas escritas nada menos que treinta años antes de la muerte de Franco con… la Transición. ¡Sí, la tan cacareada y “modélica” Transición del 78!

Lon Elliott describe así el marco político y el objetivo central de ese “gobierno de transición”: 

“Ante la perspectiva de que Franco desaparezca de la escena, estas personas –se refiere Elliott a los diversos sectores de la clase dominante– han comenzado a buscar un sustituto que les asegure sus riquezas y privilegios, y les garantice que nunca se verán obligados a rendir cuentas por sus actividades fascistas. Lo que quieren es un gobierno que preserve el poder de la reacción en España, aunque con una apariencia lo bastante democrática como para colarse, de tapadillo, en el seno de las Naciones Unidas”.

¿Y quién podría ser ese “sustituto”?

“Don Juan de Borbón, hijo de Alfonso XIII, (…) ferviente fascista cuando la sección española del Partido nazi estaba apenas echando a andar. Tenía el carnet nº 5 de la Falange”.

Que Elliott no adivinara, por una generación, la identidad del futuro jefe del Estado –designado, por cierto, en julio de 1969 por el cabecilla golpista del 36– no significa que no acertara de lleno con el propósito transicional de la clase dominante a la que sirvió el tirano:

“Con el restablecimiento de un rey en el trono español, esperan poder nimbar de respetabilidad sus actividades a los ojos del extranjero”.
(…)
“Un “gobierno de transición” (…) les daría a los dirigentes fascistas, en concreto, una oportunidad inmejorable de salvar no sólo el pellejo, sino también el botín”.

Si nuestro autor tenía completa razón en que “el fascismo no se convierte en democracia por la mera añadidura de un rey fascistoide”, lo que nunca pudo imaginar en el año 46 es que para transitar del franquismo al régimen borbónico, entre los imprescindibles muñidores –“personajes sospechosos que no son ni republicanos ni monárquicos, ni auténticos demócratas ni fascistas de verdad”– iba a haber sujetos que, como Carrillo o Pasionaria, habían compartido trinchera con él.


***

Concluyamos aquí esta breve presentación de la mejor manera posible, con unos versos del propio Lon Elliott que son su más bello homenaje a los antifascistas muertos en la guerra de España.

The rifles you will never hold again
In others hands still speak against the night.
Brothers have filled your places in the ranks
Who will remember how you died for right.
The day you took those rifles up, defied
The power of ages, and victorious died.

Comrades, sleep now, for all you loved shall be.
You did not seek for death, but finding it
 –And such a death– better than shameful life,
Rest now content, a flame of hope is lit.
The flag of freedom floats again unfurled
And all you loved lives richlier in the world.


Los fusiles que nunca más empuñaréis
En otras manos alzan aún su voz frente a la noche.
En las filas vuestros puestos ya los han ocupado otros hermanos
Que recordarán cómo caísteis en defensa de lo justo,
El día que tomasteis las armas, desafiasteis el poder
De los siglos, y moristeis victoriosos.

Camaradas, descansad ahora, porque todo lo que amasteis será.
No buscasteis la muerte, pero al encontrarla,
Y más una muerte así, mejor que una vida de ignominia,
Podéis descansar ya satisfechos: Se ha encendido una llama de esperanza.
La bandera de la libertad tremola de nuevo desplegada
Y todo lo que amasteis vive más fructuoso en este mundo.


***

18 de febrero de 2018

Seis policías heridos en un enfrentamiento con el Nuevo Ejército del Pueblo en San José, Filipinas

Seis  policiales resultaron heridos en un enfrentamiento con presuntos miembros del Nuevo Ejército del Pueblo (NPA) en la ciudad de Antipolo, Filipinas, en la madrugada del domingo pasado.

Un informe de Super Radyo dzBB identificó a los seis policías heridos como los oficiales de policía  Brendo Cariño, Reymar Guevarra, Mark Andrew, Gran Omines, Joseph Alberca y Ryan Gonzales, miembros de la 33ª Compañía de las Fuerzas Especiales.

Los policías heridos fueron trasladados rápidamente al Hospital del Distrito de Antipolo y al Hospital Amang Rodríguez.

Se han contabilizado como heridos otros dos miembros de la policía, que anteriormente se habían reportado como desaparecidos.
Los comandos de la policía patrullaban en Barangay,  San José, en el marco de las operaciones represivas del gobierno de Duterte contra los pueblos y los trabajadores filipinos, cuando se encontraron con un número indeterminado de miembros de NPA con los que tuvieron un choque armado. Parece que ninguno de los guerrilleros fue herido.

Los controles en la ciudad y los alrededores se han intensificado tras el choque, en vistas de la creciente presencia de la guerrilla comunista en la zona. 

Pascual Pla y Beltrán, poeta proletario

Pla y Beltrán, Pascual (Ibi, Alicante, 1908-Caracas, 1961). Poeta que pasó parte de su adolescencia en Alcoy, donde fue obrero textil –un duro trabajo que lo dejó jorobado- y en cuya prensa publicó sus primeros versos. Desarrolló la mayor parte de su carrera literaria en Valencia, y en castellano. De origen humilde y sin formación escolar, se trasladó con su familia a Alcoy en 1919 donde trabajó en las empresas textiles. En 1928 marchó a Valencia, donde encontraría el ambiente cultural e intelectual necesario para su formación autodidacta. Allí empieza, ya adolescente, a acudir a un colegio nocturno y se da a conocer a través de los medios de comunicación locales con breves poemas. Al año siguiente de llegar a Valencia publicó su primera obra, La cruz de los crisantemos, muy bien acogida en los círculos literarios de la capital del Turia.

Con el despertar del primer libro y su relativo éxito, se lanzó a crear una revista literaria, Murta, junto con Ramón Descalzo y Rafael Duyos Giorgeta, donde consigue que publiquen artículos y obra escritores de la talla de Luis Cernuda, Max Aub o Vicente Aleixandre. Proclamada la Segunda República, se afilió al Partido Comunista, integrándose en la Unión de Escritores y Artistas Proletarios. En el periodo republicano desarrolló una intensa labor poética muy vinculada a los procesos de represión contra los movimientos de izquierda.

Tras el golpe nazi del general Franco y el estallido de la Guerra Civil por la resistencia del gobierno legítimo democrático republicano, su vinculación con los intelectuales antifascistas se incrementó, colaborando en publicaciones como El Mono Azul y Hora de España, entre otras. Participó activamente en el II Congreso de Escritores celebrado en Valencia en 1937 y convocado por la Alianza Internacional de Intelectuales Antifascistas. Allí conoció y entabló amistad con Nicolás Guillén, Josep Renau, Vicente Huidobro y Bertolt Brecht, y disputó con Fernando de los Ríos el papel de la Unión Soviética en la formación de la izquierda, justo poco después de que Pla y Beltrán publicara sus alabanzas al régimen soviético en su poema, Salud, Moscú, tras haber visitado la URSS, en 1937 viajó a la URSS. En el mismo viaje, visitó Finlandia, Suecia, Dinamarca y Francia; Carlos Palacio y Lan Adomian pusieron música a poemas suyos.

Aunque podía haberlo hecho, no se marchó al finalizar la guerra civil y fue preso y encarcelado por el régimen franquista. Condenado a muerte, la pena fue conmutada finalmente y salió de prisión en 1946. Pasó siete años en la cárcel y tras ser liberado publicó, bajo el seudónimo “Pablo Herrera”. Finalmente consiguió salir de España en 1955 y se estableció en Santo Domingo, para poco después marchar a Venezuela donde vivió hasta su muerte.
Pla y Beltrán en Madrid, 1932

Practicó una poesía social de un radicalismo extremo, en sus libros Narja, Poemas proletarios (Valencia, Pascual Quiles, 1932) –considerado por Enrique Montero como “el primer libro de poesía comprometida proletaria publicado en España¨ -, Epopeyas de sangre, 7 poemas revolucionarios (Valencia, UEAP, 1933) –con cubierta de Renau- Hogueras en el sur (Poemas campesinos) (Valencia, UEAP, 1935) –precedido de un prólogo autobiográfico-, Voz de la tierra (Poema en rebelión) (Valencia, 1935) –inspirado en la Revolución de Asturias- y Camarada (Poema del amor y de la angustia) (Valencia, UEAP, 1935) –con cubierta de Juan Renau-. También cultivó el teatro: Seisdedos, Tragedia campesina (Valencia, UEAP, 1934). 

De él ha dicho Víctor Fuentes que “de procedencia obrera, es nuestro auténtico representante de la poesía proletaria o bolchevique”. Él mismo, que solía firmar simplemente “Pla y Beltrán”, calificaba entonces sus poemas de “gritos”. Tradujo, en Isla, y en colaboración con David Vigodsky, a Velimir Khlebnikov.

Algunos de sus más destacados poemas, siempre al servicio de la clase trabajadora y bien posicionado ante el dilema Socialismo o Barbarie, son los siguientes:
 
EN MARCHA

Con el acero de sus brazos han de hacer
edificios que iluminen las nubes.
Su voluntad de siglos encenderá una aurora
de gigantes.

Las fábricas darán la vida de los templos
más puros y más firmes.
Los comunistas jóvenes serán los químicos
que asombrarán al mundo.

¡Todos, fuego de juventud en el pulmón,
en marcha! 


YUNQUE: ALBA 

100.000 voltios rodados de poleas
más ágiles.
Que la luz, la impaciencia, la imagen
y el retorno.

Mediodía de grúas encendidas de grillos.
Fuego de hierro y fragua.
Yunque en constelaciones de martillos
sin sueño.

Bajo el brazo tendido de músculos
y de puras distancias.
Entre mares de hulla se consumen
los cerebros más vivos.

En la niebla, la niebla que confunde
la ruta de los astros sin cielo.
Con el mudo cansancio de estos hombres
de cobre.

Ilumina el sol lunas en los espejos
de los hornos.
Roja lumbre se agita en las poleas
impacientes.

Y el canto sin gracia de los obreros
con voluntad de bayonetas.
Abecedario ardido en las esquinas
de los yunques calcinados de hierro.

Humo oxidado en las espadañas de
los crepúsculos.
El cansancio olvidado de la vida de
los obreros se despereza sobre la playa
de los siglos.

¡Hierro, martillo y yunque!
¡Hombre, trabajo y alba!



LOS NIÑOS DE ESPAÑA CANTAN A LA GLORIA DE LENIN 
¿Qué canta en la mañana
esa rueda infantil?

-Canta
la gloria de Lenín:
“Lenín murió en Enero.
Lenín nació en abril.
Abril se adorna con rosas
y Enero se viste de gris”.
España cruje de balas.

Se alza la guerra civil.
Cantan los niños a coro
por la gloria de Lenín:
“Vivió vida pobre.
Vistió traje gris.
Alcemos el nombre,
¡el nombre de Lenín!

Entre hielo y luna
crece el perejil.
Los niños hambrientos
siguen su plañir:
“A la rosa, rosa,
la rosa de abril.
¡Enero, no; Enero
nos llevó a Lenín!”

Sobre un campo negro,
jinetes de cinc.
Los niños sin sueño
piensan en abril:
“¡Enero, no; Enero
se llevó a Lenín!”

BUQUE Y REVOLUCIÓN
En la hoguera incendiaria del último crepúsculo
Flamearon de indignación los pechos marineros.
Un cablegrama no esperado dio la noticia exacta:
-Revolución social planeta tierra.

Tembló el buque.
Brazos de fogoneros, altos y fuertes,
subieron por el espacio arriba.
Negras camisas, de suciedad, fueron
rojas antorchas que incendiaron la tarde.
Llamearon banderas proletarias al viento.
La tripulación, ebria ya de justicia,
empezó su combate.

Toda la sal del mar
Se avivó en un esfuerzo de venganza.
Olas como ciudades
Se quebraron de gozo contra el buque,
avivando
La sed implacable
De la marinería.
Una voz tronó al aire:
-¡Ese fusil! ¡Arriba! ¡Hay que
matar a ese cabrón del cocinero!…

Y nada más:
El capitán, péndulo del reloj de la justicia,
Colgado estaba ya del palo más alto
de la tarde.


ENEMIGO
Muerto de aliento y voz. Cuando la tierra
Florezca de clarines bolcheviques,
Vivo y presente, empezarás tu huida.
Serán siete navajas tus instintos.

Vistiendo negra blusa y con tu máuser,
Clavarás proyectiles de odio negro.
Rojos soldados te buscarán las huellas.
Te darán banderines de trabajo,
Para ganar tu pan honradamente.

Pero tú, buen burgués, serás la causa
De tu misma derrota. Por tu mal,
Morderás las ideas mencheviques.

Y un día todo rojo de venganzas,
Bajo el fusil del pueblo, ametrallado
Te desharás en sangre sobre tierra

HOMENAJE A LOS CAÍDOS EN LA LUCHA 
Vosotros,
¡los que ni el dolor ni las balas pudieron dominaros!
Vosotros,
¡los que encendisteis con vuestro ardor la roja pólvora que alzaba el odio,
los que luchásteis hasta doblar la muerte,
hasta regar la tierra con el milagro de vuestra sangre!

Vosotros,
¡los hermanos de Asturias y Cataluña!
Vosotros,
¡camaradas que alzásteis más allá del espacio la bandera de la Unión de Repúblicas Socialistas
de Iberia,
que os batísteis hasta apagar la llama que ardía en vuestros ojos,
hasta quedar pegados a la tierra por la cual derramásteis vuestra sangre!

Vosotros, camaradas,
vosotros,
¡los que os alzásteis en las aldeas del hambre y la injusticia,
quemando las iglesias,
derribando con vuestros puños el poder omnipotente de la usura;
los que os alzásteis en las minas,
gritando vuestra libertad hasta partir el cielo,
hasta asordar al mundo con vuestro grito;
los que os alzásteis en las ciudades
levantando las barricadas de la Revolución!

Vosotros,
¡los sorprendidos por el sueño insondable,
los que avanzásteis con paso firme hasta aplastar al enemigo,
los que al lado de un muro encontrasteis la muerte sin una lágrima de angustia!

Vosotros, camaradas,
¡vosotros sois vosotros!
¡Podréis estar doblados, pero nunca vencidos!
¿Me oís…?
¡Una voz de venganza ilumina la Tierra!

SOBRE EL PECHO UNA ESTRELLA
¡Aprieta!
¡Que nuestro grito
reviente el corazón del espacio!
¡Nuestra bandera será roja como el esfuerzo de los jóvenes,
y sobre el pecho nos nacerá una estrella de cinco puntas!
¡Que caracolee impetuoso el potro de la vida
bebiendo el verde pan de las llanuras
y clavando recios relinchos en el vientre rodado de la tierra!
¡Levantemos nuestra palabra hasta la hoguera de lo ignoto!
¡Lavémonos en el río de la sangre que se avecina!
¡Que nuestros versos sean
ágiles bayonetas en las manos pesadas de los obreros del Universo!
¡Encendamos en la antorcha de Lenin
el ímpetu del proletariado!
¡Que la revolución sea el principio de nuestra meta!
¡Basta ya de pamemas!
¡Levantemos una muralla que nos divida del pasado!
¡Que nuestras voces rojas iluminen de chimeneas el Universo!
POST-REVOLUCIÓN
Por rieles de lumbre fue rodando la tarde
hacia el poniente.
Agudas bayonetas golpearon sus pechos
de impaciencia.
Por los 20.000.000 de obreros crucificados
de hambre.

Saltaba el polvo vivo bajo las plantas
muertas. En el aire
la muchedumbre iba desmelenada
de prejuicios.
Fuerte, de vida plena, y rodadora
del mundo.

Una alta bandera era la voz potentes de los hombres.
La ciudades rompieron sus cadenas
liberando sus músculos,
floreciendo de camisas ensangrentadas,
de acero y cañones.

El campo dará su voz de siglos
al campesino. ¡Toda la tierra
para el que la trabaja! El humo
de las fábricas
entonará canciones de optimismo
bajo los brazos del proletario
que ya no sufre.
La tarde rota y descabezada de bayonetas
rodó al ocaso. Y entonces
la muchedumbre dio la bandera
de sus martillos y sus hoces al aire libre. 
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